Se
acercan las fechas navideñas y, como cada año, junto a las
alegrías propias de las reuniones familiares, las fiestas, los
dulces? aparecen las dudas sobre qué juguetes elegir para los más
pequeños. Son cuestiones y planteamientos que debieran estar presentes
durante todo el año, ya que el juego y el juguete acompañan
al niño en cada etapa de su vida, durante todos los días
del año. Esto es así porque el juguete tiene la capacidad
de desarrollar, potenciar y mejorar cada aspecto de la personalidad infantil.
Lamentablemente, en España, como en otros países, pero de
forma más acusada, las ventas de juguetes se concentran en los
30 días previos a Reyes y Navidad. Este hábito supone que
el juguete sigue considerándose un regalo, un premio que se otorga
al pequeño en ocasiones excepcionales.
Frente a esta situación, la Asociación
Española de Fabricantes de Juguetes (AEFJ) viene desarrollando,
desde hace años, una importante labor de orientación para
los adultos acerca de la importancia del juego en el desarrollo del niño.
Con este objetivo, AEFJ ha elaborado numerosas publicaciones ofreciendo
información, consejos, opiniones de expertos, etc., sobre los diferentes
temas relacionados con el juguete.
La Fundación Crecer Jugando, creada
en 1991 por AEFJ con el objetivo de defender y promover los derechos de
la infancia con especial énfasis en la necesidad del juego, recoge
este año el testigo de la divulgación en un campo concreto:
el de la educación. La influencia de la actividad lúdica
en el desarrollo del niño, en sus aspectos cognitivos, afectivos
y sociales, demuestran los beneficios de la utilización del juguete
en la escuela como un recurso didáctico de primer orden. Se trata
de un ámbito en el que es posible hacer realidad el objetivo pedagógico
de aprender jugando.
En este sentido, los educadores y los fabricantes
de juguetes comparten una responsabilidad y una labor en el campo del
juego de los niños. A los profesionales de la educación
compete perfilar una teoría y metodología de trabajo rigurosa
respecto a la utilización de los juguetes en el marco escolar;
y a los fabricantes, conocer el trabajo de los educadores para reaccionar
a las demandas y nuevas necesidades de juguetes en dicho contexto.
En esta línea,
ya hay magníficos profesionales en nuestro país que trabajan
para hacer de la escuela un escenario preferente para el juego. Por ello,
esta publicación ha tomado como fuente el libro que recoge las
ponencias de las I Jornadas "Desafíos del Juguete en el siglo
XXI: La escuela, el juego y el juguete"(1), editado con la colaboración
de la Conselleria de Cultura, Educación y Ciencia de la Generalitat
Valenciana. Estas Jornadas, que han tenido continuación durante
1999 y celebraron su tercera edición en el año 2000,
son ya un referente en el mundo de la educación a la hora de plantear
qué escuela queremos para nuestros niños en el nuevo siglo.
Estos profesionales han sido los siguientes: José Luis Linaza, catedrático de Psicología
Evolutiva y de la Educación de la Universidad Autónoma de
Madrid Jurjo Torres, catedrático de Didáctica
y Organización Escolar de la Universidad de La Coruña. Inma Marín, asesora Pedagógica de Juegos
y Juguetes y profesora de la Sección de Educación Social
de la Universidad Ramón Llull. Petra María Pérez, catedrática de
Antropología de la Educación de la Universidad de Valencia.
Gotzon González, director de PRISMA, empresa de
servicios educativos y socioculturales. Dino Salinas, profesor Titular de Didáctica y
Organización Escolar y director de Formació del Servei Permanent
de la Universitat de València. Rosario Ortega, catedrática de Psicología
de la Educación el Desarrollo de la Universidad de Sevilla. Joan Sallent, cofundador de la empresa Educa. Pilar Pérez, especialista en Educación
Primaria. María Costa, directora del Departamento de Pedagogía
de la Asociación para la Investigación de la Industria del
Juguete (AIJU). Maite Romero, psicóloga y pedagoga del Departamento
de Pedagogía de AIJU. Susana Aperribai, responsable de Actividades y Servicios
de Ludoland, S.L y coordinadora de la Ludoteca Escolar, FEJU´98.
Antonia Ramón, coordinadora de la Muestra de Recursos
Lúdicos expuesta en FEJU'98.
A lo largo
de estas páginas citaremos como ejemplos ilustrativos algunas de
las ideas desarrolladas por dichos profesionales. (1) I Jornadas sobre
Desafíos del Juguete en el siglo XXI: La escuela, el juego y el
juguete. Editado por FEJU (Feria Internacional del Juguete, Hobby y Carnaval),
AIJU (Instituto Tecnológico del Juguete) y AEFJ (Asociación
Española de Fabricantes de Juguetes), 1ª edición, Valencia,
1998.
En la vida
del niño, la principal actividad, a la que dedica más tiempo
y, sobre todo, más ganas, energías e ilusión, es
el juego. Según Petra Mª Pérez, "a
través del juego, el niño aprende a vivir y ensaya la forma
de actuar en el mundo". En la actividad del juego, el niño
o niña articula conocimientos, emociones, sentimientos y relaciones
interpersonales, en una experiencia única, que no se parece a ninguna
otra.
Las características que definen
al juego han motivado algunas teorías e ideas, claves a la hora
de comprender el papel que nuestra sociedad le otorga.
Estas características son:
· Libertad: el juego es voluntario; si lo convertimos en rutina u obligación,
deja de ser un juego.
· Placer:es una actividad que divierte y
alegra, por lo que resulta deseable para el niño; no hay juego
sin diversión.
· Gratuidad: ausente de finalidad; el niño
juega porque quiere jugar, sin esperar ningún resultado.
Entre los adultos, es frecuente la contraposición
de juego y trabajo. La primera se considera una actividad "gratuita",
con sentido en sí misma y sin fines extrínsecos. Jurjo
Torres explica esta idea diciendo que "los mensajes
ocultos provenientes del mundo adulto no consideran el juego actividad
indispensable, ni productiva para vivir y existir". El trabajo,
sin embargo, es la actividad "útil", evaluada
por el logro de las metas propuestas. Muchos adultos piensan que nunca
es demasiado pronto para introducir a los niños en el "mundo
de lo útil", para desarrollar aptitudes que les harán
más competitivos en la sociedad moderna.
Este
planteamiento no puede ser más erróneo. El juego, como explica
José Luis Linaza, "es serio y es útil para el desarrollo
del niño en la medida en que él es su propio protagonista,
se mantiene diferenciado de las exigencias y limitaciones de la realidad
externa, permite explorar el mundo de los mayores sin estar ellos presentes,
se convierte en el terreno privilegiado de interacción con los iguales
y en fuente de funcionamiento autónomo".
En efecto, la estabilidad emocional adquirida
durante los primeros años de la infancia y las experiencias derivadas
del juego hacen posible una evolución adecuada, tanto emocional como
intelectualmente. Esta evolución permite al niño acercarse,
progresivamente, a las etapas iniciales del aprendizaje en el colegio para,
después, comenzar su andadura en el mundo exterior.
Todos
los especialistas coinciden en el valor psicopedagógico del juego
en la infancia. El juego posibilita un armonioso crecimiento del cuerpo,
la inteligencia, la afectividad, la creatividad y la sociabilidad. Si
analizamos más profundamente algunas de estas facetas, encontramos
que el juego:
· Es un medio de socialización, expresión y comunicación,
con el que el niño supera su egocentrismo, establece relaciones
con sus iguales y aprende a aceptar puntos de vista diferentes al propio.
· Permite al niño conocerse a sí mismo, a los demás
y establecer vínculos afectivos.
· Desarrolla las funciones psíquicas ne- cesarias para aprendizajes
como la percepción sensorial, el lenguaje, la memoria, etc., así
como las funciones físicas: correr, saltar, equilibrio y coordinación.
· Estimula la superación personal a partir de la experimentación
del éxito, que es la base de toda autoconfianza.
· Ayuda a interiorizar las normas y pautas de comportamiento social,
ya que si los niños no respetan las normas de juego que ellos mismos
se dan, se sancionan.
· Es la base de toda actividad creativa, ya que promueve la imaginación.
En el desarrollo infantil, la necesidad
de crecer y dominar el entorno es tan fuerte que el niño pone en
esta función todo su empeño, energía y vitalidad. Por
eso, según explica Petra Mª Pérez, "se
aprende más y a mayor velocidad en la
infancia que en ningún otro
periodo de la vida. El juguete es el recurso que, aún inconsciente,
necesariamente emplea en este proceso".
Por lo tanto, el juguete es el instrumento
a través del cual se realiza el proceso del juego, lo cual, según
explica Rosario Ortega,"no es decir poco desde
la perspectiva psicoeducativa. Lo importante es el juego mismo, para lo
cual ciertos objetos son preciosos, si están bien elegidos, bien
diseñados y oportunamente traídos al escenario lúdico".
Así, un buen juguete no es "neutro",
sino que puede y debe estimular la imaginación para desencadenar
los mecanismos del juego, y enriquecer el escenario del juego, favoreciendo
la interacción, asegurando la comunicación y perfeccionando
la actividad realizada.
El juguete, además, crece con los
niños y lo hace de forma diferente para cada uno de ellos. A veces,
el juguete favorito de un pequeño, que le ha acompañado
a todos los sitios durante muchos meses, queda arrinconado, sustituido
por otro nuevo. Otras, un juego que hemos regalado a un niño no
le gusta a otro de su misma edad, tal vez porque prefiere juegos más
activos, o porque es más retraído o, simplemente, porque
cada niño es diferente.
La escuela es el instrumento
con el que una sociedad proporciona y trata de garantizar los conocimientos
y aprendizajes que la definen. Por ello, las profundas transformaciones
que ha experimentado nuestra sociedad en las últimas décadas
(telecomunicaciones, transporte, globalización de la economía,
etc.) tienen, necesariamente, una repercusión en la escuela.
Según distintas teorías, ha
existido siempre una cierta tensión entre la concepción
de la escuela como transmisora de conocimientos acumulados del pasado
y otra como generadora de nuevas ideas y habilidades. Para José
Luis Linaza esta dicotomía es falsa, ya que "todo
conocimiento nuevo se gesta en otros más antiguos".
La escuela es el lugar donde el niño
se prepara para su futura inserción en la sociedad, donde aprende
a discernir las cosas, a defender criterios, a formar opiniones... Dino
Salinas concibe el aula de Educación Infantil "como
una especie de laboratorio donde, cada mañana, cuando entra el
niño o la niña, se abren un conjunto de posibilidades para
hacer cosas, para experimentar, para sentir, manipular, observar, hablar,
escuchar, en suma, para vivir".
Indudablemente, la escuela es sólo una
parte del proceso de educación del niño, que
interactúa con otros agentes como la familia,
los medios de comunicación, los compañeros y
los amigos. Sin embargo, es una parte fundamental, ya que representa el primer contacto
que el niño/a tiene con la cultura que le rodea,
en su sentido más global. Es el medio donde el
niño va a plantear las cuestiones que le ayuden
a resolver las dudas que le surgen sobre su
mundo, a integrarse en él, a comprenderlo?
Además,
el protagonismo de la escuela en la vida de los niños se ha incrementado,
en los últimos años, con uno de los más grandes cambios
sociológicos experimentados: la incorporación de la mujer
al trabajo. Lejos de cualquier juicio de valor, sólo pretendemos
constatar algunas consecuencias de realidad incuestionable, como es la
extensión de la escuela a edad es cada vez más tempranas
y la proliferación de actividades extraescolares.
La escuela que hoy conocemos no tiene nada
que ver con la escuela que vivieron nuestros padres y abuelos. Los mayores
nos sentimos sorprendidos cuando los pequeños nos enseñan
a manejar los ordenadores, demostrando una familiaridad y soltura inimaginables
para nosotros; cuando nos hablan, con naturalidad y conocimientos, de
temas que nosotros no tratábamos; cuando comentan temas de actualidad
que a nosotros se nos antojan difíciles de explicar a un niño.
Asimismo, cada vez es más frecuente
que en una misma aula convivan alumnos pertenecientes a razas y culturas
diferentes. Este carácter multirracial y multicultural es uno de
los más valiosos instrumentos de preparación y aprendizaje
para el futuro.
Como respuesta a éstos y muchos otros
factores, la escuela debe proporcionar al niño experiencias positivas
que afiancen su confianza, que despierten su curiosidad y favorezcan la
exploración e investigación hacia la construcción
de su propio pensamiento. Y ¿qué mejor herramienta hay que
el juego?
Si hacemos un poco de historia del planteamiento
lúdico en la enseñanza, encontramos que la capacidad didáctica
de la actividad lúdica ya aparece citada por Platón o Aristóteles,
que afirmaban que el juego crea un clima propicio para el aprendizaje.
Asimismo, en las culturas primitivas,
donde no existe un sistema educativo organizado, el juego, junto con el
relato de cuentos, es el instrumento educativo con que se lleva a cabo la
transmisión cultural. Los niños aprenden jugando, de manera
natural, los valores, normas y formas de vida de los adultos. Desde el siglo
XIX, el binomio juego/educación se consolida con autores como Pestalozzi
y Frèbel; Montessori o Decroly, en el campo de la educación
especial; el movimiento de renovación pedagógica planteado
por la Escuela Nueva; o las aportaciones de Piaget, Hall o Gross, entre
otros.
A lo largo del siglo XX,
las instituciones escolares se han ido haciendo eco de los estudios psicológicos,
antropológicos, sociológicos y pedagógicos que recomendaban
fomentar el juego entre los niños y apoyarse en él para los
aprendizajes más formales.
En España, sin embargo, la incorporación de estos estudios
psicológicos imperantes en Europa quedó interrumpida por la
Guerra Civil. El academicismo y la rigidez, plasmados en la célebre
consigna "la letra con sangre entra", presidió la enseñanza
durante muchos años. Como consecuencia, parecen subsistir algunas
actitudes poco receptivas a los planteamientos lúdicos en el ámbito
escolar.
En las últimas décadas se ha producido un auge del concepto
del juego o juguete didáctico, que intenta aunar los conceptos de
trabajo/utilidad y juego. Pero, ¿qué queremos decir con estos
conceptos?
Con la clara intuición
infantil, el niño se da cuenta de que con juguete didáctico
nos referimos a un tipo de recursos que sólo se usan dentro del aula
y, además, con un cierto grado de obligatoriedad. Por otra parte,
Jurjo Torres, críticamente, comenta que "los adultos,
en vez de reconocer de manera explícita que hay recursos didácticos
de poco valor y que, además, tienen un aspecto nada atractivo, prefieren
optar por edulcorar tales instrumentos con la palabra "juguete",
añadiéndole el calificativo de "didáctico".
Si, como es sabido, el juego contribuye
al desarrollo integral de la persona, ya que influye en todas las áreas
de la personalidad intelectual, creativa, psicomotriz, social y emocional
o afectiva, todos los juguetes son educativos, porque contribuyen al desarrollo
infantil en sus diversas aportaciones.
Pero,
además, los juguetes poseen un potencial didáctico, ya que
hay juguetes que permiten afianzar o ejercitar aprendizajes específicos,
relacionados con el currículum escolar. Cualquier área didáctica
es susceptible de utilizar juguetes como un eficaz instrumento: lenguaje,
matemáticas, historia, etc.
Según explica María Costa, "intrínsecamente,
un juguete no es ni educativo ni didáctico, un juguete es un juguete.
Pero en las utilizaciones que se realicen con él y en la orientación
que las personas adultas puedan dar a su uso es cuando se podrá calificar
de educativo o de didáctico".
La Ley Orgánica General del Sistema
Educativo (LOGSE), en su artículo 9.5 referido a la Educación
Infantil, dice textualmente: "La metodología educativa se
basará en las experiencias, las actividades y el juego, en un ambiente
de afecto y confianza".
Para algunos profesionales, como Inma
Marín, "la actual reforma educativa da un paso
valiente e innovador, incorporando de manera clara y específica el
valor educativo del juego en el currículum escolar". Del
mismo parecer es María Costa, para quien la LOGSE
"crea un marco propicio para el juego y el juguete, ya que potencia,
de forma decisiva, la búsqueda de nuevos recursos pedagógicos
que, como complemento del libro de texto, permitan un aprendizaje más
significativo para el niño".
Sin embargo, para otros, el
juego sigue manteniéndose un tanto relegado como actividad formativa.
Para Pilar Pérez, "el aprovechamiento didáctico
del juego se restringe con demasiada frecuencia a las primeras etapas educativas
y disminuye a medida que los niños crecen, de manera que es casi
inexistente en el tercer ciclo de Educación Primaria hasta anularse
en Secundaria".
Sí existe acuerdo en el hecho de que
la presencia del juego, "oficialmente" hablando, va disminuyendo
con la edad del niño, lo que supone que todavía hoy, en muchas
escuelas, el juego quede relegado al espacio y tiempo del recreo, claramente
diferenciado de los momentos de clase.
El
concepto de la transversalidad es, para muchos especialistas, una de las
más interesantes aportaciones de la reforma educativa, idea que conecta
plenamente con la naturaleza de la actividad lúdica. La transversalidad
supone que lo que los niños/as tienen que aprender va más
allá de las disciplinas tradicionales.
La educación para la
convivencia, el desarrollo afectivo y social, y el progreso en la adquisición
de valores morales, entre otros, están presentes en los juegos espontáneos
y ésta es la causa de la importancia de su presencia en las escuelas.
Para Rosario Ortega, "la educación para
la convivencia y el desarrollo moral tiene, en el modelo natural y social
de los juegos espontáneos, su mejor esquema didáctico".
El resumen de todas estas reflexiones,
algunas veces coincidentes, otras encontradas,
parece abrir a la utilización del juguete en la
escuela un mundo de posibilidades. No en vano,
según afirma Maite Romero, "nunca hasta ahora
se había considerado en tan gran medida en
España la trascendencia de lo lúdico en el
contexto escolar".
Hemos definido ya algunos rasgos
que condicionan la introducción del juego y el
juguete en el aula, verdadero objetivo de lo
que queremos que sea la escuela en el 2000.
Resulta claro que juego y aprendizaje son
términos cercanos, ya que hay importantes adquisiciones que se logran
en la infancia a través de situaciones lúdicas. Por este motivo,
en palabras de José Luis Linaza, "la escuela
no puede ni debe ignorar la importancia que el juego ocupa en la vida de
los niños. Muy al contrario, la escuela encuentra un inspirado aliado
en el juego para desarrollar su labor educativa".
El compañero natural del juego
socializado para un niño es otro niño. Por eso,
los pequeños dan mucha importancia a tener
hermanos y amigos para compartir el juego,
aumentando así sus posibilidades de comunicación, interacción y adaptación social.
Sin embargo, dada la actual estructura
familiar y evolución demográfica, no siempre
es posible tener un hermano de edad similar.
Tampoco el ritmo de vida, especialmente en
el entorno urbano, facilita el compartir juegos
con otros amigos.
Otro factor es la escasez de espacios
dedicados a la actividad lúdica, ya que el juego
en el barrio, en los parques, en las propias
casas, ha quedado muy reducido.
También el tiempo del que disponen para
jugar se ha visto limitado; los niños están
sobrecargados de actividades escolares y extraescolares, consideradas más "útiles" para
su formación.
La
conjunción de todos estos factores ha hecho del denominado "juego
con iguales" un bien escaso. Este papel lo cumple el compañero
de colegio, ya que estos centros son los lugares donde los niños/as
tienen más posibilidades de jugar con iguales, otros niños
de la misma edad. Además, en el colegio se puede enriquecer el
juego. A través de actividades de trabajo manual, los niños
y niñas pueden construir nuevos complementos para un juego; también
pueden representar con dibujos los personajes y figuras con los que juegan;
escribir sus nombres o inventar nuevas historias.
El juguete, por lo tanto, no sólo puede,
sino que debe ser utilizado como una herramienta didáctica más en el aula. El juego debe
estar presente a lo largo y a lo ancho de todo
el diseño curricular como una experiencia que
hay que garantizar en el quehacer cotidiano.
A través del juego, el profesor puede
analizar muchos aspectos del niño, ya que
ofrece una valiosísima información sobre
conocimientos tales como capacidades
lingüísticas, comprensión del medio social y
natural, dominio de ciertas destrezas, etc.;
así como su nivel y posibles problemas de
desarrollo y socialización, actitudes, valores
y prejuicios, necesidades?
Según explica María Costa, "no se trata
tanto de introducir juegos educativos en el
colegio, como de conseguir un aprendizaje
escolar lúdico. Lo que se puede denominar
¿pedagogía lúdica? supone la creación de un
clima en el aula, caracterizado por
actividades que abran los caminos de la
imaginación y estimulen el pensamiento
individual".
Para
Inma Marín, "más allá de las actividades de
juego que propongamos y de los juguetes que seleccionemos, el juego es
una actitud, una manera determinada de abrirse a la vida, de abordarla,
una manera gozosa de afrontar los aprendizajes, los retos, el día
a día".
Con esta orientación, el juego se
convierte en una actividad diferente, pero valiosa y complementaria de
las actividades curriculares más dirigidas y obligatorias. Estas
persiguen el aprendizaje de contenidos culturales que se considera que
los niños/as deben adquirir en las instituciones escolares, pero
también el juego y los juguetes pueden llevar a cabo o reforzar
esos aprendizajes, aportando motivación e interés. Según
explica Jurjo Torres, el juego también desempeña
una función clave en cuanto al desarrollo de comportamientos sociales,
concretamente, de la cooperación, así como de aspectos de
la personalidad como la perseverancia, concentración, reflexión
y autonomía, todos ellos con una importante repercusión
en los aprendizajes más formales y dirigidos.
En cuanto a las consecuencias de una incorrecta
gestión del juego, siguiendo las consideraciones de Petra
Mª Pérez, encontramos que si no se da a los niños
material de juego suficiente, se verán limitados en su experiencia
de aprehensión del mundo; si se les proporciona un material inapropiado
para su edad y habilidades, se sentirán aburridos y frustrados;
si no se les da suficiente tiempo para jugar a su ritmo o se les interrumpe
con otras demandas, se impide que aprendan a concluir experiencias y problemas.
En este contexto de "pedagogía
lúdica", la figura del docente se concibe como organizadora
de ambientes de enseñanza y aprendizaje, ambientes que tienen la
capacidad de facilitar o dificultar esos aprendizajes. Esto conlleva prestar
atención tanto a la organización espacial del aula y del propio
centro escolar, como a la selección y distribución de los
recursos en esos espacios.
En los centros con una normativa muy rígida
sobre el uso del espacio, el tiempo y la actividad lúdica, se restringe
la posibilidad de que surja el juego espontáneo.
Una escuela en la que el juego tiene
un papel a la vez placentero y formativo debe contar con los siguientes
requisitos:
· Espacios acondicionados, estimulantes en fondo y forma.
Este espacio incluye dos vertientes: un escenario psicológico donde
el niño se sienta cómodo, seguro y libre para actuar; y un
escenario real, con ambientes y objetos que estimulen el juego.
· Tiempo para jugar.
· Una selección de juguetes y materiales que respondan a las
necesidades, intereses, niveles de conocimientos y destrezas, y ritmos de
desarrollo de los niños y niñas.
· El papel del educador es el de garantizar estas condiciones para
que el juego se realice. Como ejemplos concretos:
· En los juegos motores o simbólicos, el educador debe proporcionar
a los niños/as imágenes y experiencias positivas y ricas que
les ayuden a crecer como personas.
· En los juegos de construcción, ayuda para superar las dificultades
motrices y de orientación e imaginación.
· En los juegos de reglas, el educador debe explicar las normas o
instrucciones de juego.
· En los juegos al aire libre, debe fomentar
la recuperación de la transmisión oral, forma en la que tradicionalmente
se han aprendido estos juegos.
El primer
día de escuela es un momento que difícilmente podrán
olvidar los padres. El niño o niña accede, por vez primera,
a un centro de Educación Infantil, con el cambio que ello supone
en su rutina, escenario y relaciones personales.
El pequeño, sin
embargo, va descubriendo y apropiándose de ese nuevo mundo que se
le abre: establece costumbres, crea relaciones con sus compañeros,
reconoce su individualidad y construye un espacio propio en ese nuevo mundo.
En este proceso, la creación de un clima afectio positivo y el uso
del juego son fundamentales.
Además, el juego en la escuela reúne
algunas características diferentes a las del juego en casa. Como
explica Dino Salinas, "el niño en la escuela aprende a elegir
el juego o el juguete, a guardar su turno, a observar a los demás
cuando juegan, aprende a jugar en paralelo, a defender su territorio, a
tomar la iniciativa, a comprender que los juegos son de todos o al menos
no son de nadie en particular, incluso aprende a ser valorado por el adulto
a través del juego y también aprende a valorar a los demás
y a valorarse a sí mismo a través del juego y de la observación
de cómo juegan los demás".
En este primer ciclo, se trata
de un juego en gran medida espontáneo para el niño, pero,
al mismo tiempo, cuidadosamente planificado desde un proyecto curricular.
Dentro de este proyecto se pueden establecer como objetivos el desarrollo
de la capacidad de control del cuerpo, el desarrollo de sus habilidades
perceptivas y motoras, de manipulación, la utilización de
formas de comunicación y representación para expresarse, etc.
Para ello, los juguetes más idóneos son las pelotas y objetos
para rodar, los móviles con ruedas, aros, zancos, cuerdas, juegos
para apilar, juegos de arena y agua, entre otros.
Parece
aconsejable que estos juguetes se organicen en rincones de juego, para
cuyo mantenimiento se establecen rutinas y hábitos de utilización,
cuidado de los elementos integrantes, orden. Hacia el final del ciclo,
estas pautas pueden relajarse, facilitando un acceso más libre.
Entre los 2 y los 3 años aparece
el juego simbólico, de representación de un objeto por otros,
en el clásico "hacer como si". Este paso supone un marco
ideal para que el educador vaya evaluando el progreso de los pequeños
en sus diferentes facetas, así como la detección de dificultades
o retrasos motores cognitivos o afectivos.
El juego simbólico,
propio de esta etapa, está directamente relacionado con las tres
áreas de conocimiento establecidas por el sistema educativo:
· Área de comunicación y representación.
El juego simbólico es, en sí mismo, un modo de representar
la realidad, que implica formas de comunicación y expresión.
Los objetivos establecidos en esta área pueden ser la clasificación
o la organización de espacios.
· Área de identidad y autonomía personal.
A través del juego , el niño va constituyendo su propia individualidad.
Los objetivos o capacidades que pueden desarrollarse en esta área
son la adquisición progresiva de autoconfianza y seguridad; el descubrimiento
y utilización de las propias posibilidades motrices, sensitivas y
expresivas; la expresión de sentimientos, necesidades, etc.
· Área de medio físico y social. El
juego simbólico permite al niño pasar de su egocentrismo a
actitudes más abiertas, de experimentación e investigación
sobre la realidad, acopio de información, etc. Como objetivos, pueden
establecerse la orientación y apropiación de espacios cotidianos;
la exploración y observación del entorno físico, natural
y social; la organización de objetos en el marco de juego; la resolución
de problemas prácticos.
Entre los 3 y los 4 años aparece la
diferenciación de sexos en cuanto a juegos. En
este estadio, el papel del educador es
fundamental en cuanto a la reducción de
estereotipos. Entre los 4 y 5 años cobra una
especial importancia el juego sociodramático,
es decir, la representación de papeles a través
de los cuales los niños aprenden a conocerse
y a explicar la realidad. Por último, entre los
5 y los 6 años, el juego con reglas establecidas
comienza a asentarse, constituyendo una
actividad fundamental en los procesos de
socialización.
Para
la consecución de todos estos objetivos, son idóneos los
juguetes de encaje de piezas, rompecabezas, juegos de construcción,
de apilar, muñecas y muñecos, disfraces, máscaras,
cocinas, mercados, camiones, tractores, juegos de carpintero, de mecánico,
etc. y juegos de sociedad básicos como el dominó, dados
o cartas.
Como metodología, en este segundo
ciclo, el juego libre organizado a través de rincones de juego
adquiere el carácter de aprendizaje autónomo por parte del
niño.
En estas edades, los niños y niñas van
adquiriendo una autonomía creciente, primero
de movimiento, tanto para desplazarse en el
espacio físico como en la actividad manipulativa
más fina; después, se despliegan las plenas
posibilidades funcionales del lenguaje. Las nuevas
capacidades de lenguaje y de pensamiento
facilitan la comunicación e interacción, causa
y efecto de una construcción social propia del
niño, en la cual la relación entre iguales es
fundamental. A través de estas relaciones, el
pequeño va conformando un juicio y una posición
moral autónoma y, todo ello, converge en la
elaboración del autoconcepto y la autoestima.
De acuerdo con sus procesos de desarrollo,
entre los que destaca su creciente capacidad
de abstracción, se afianza en el niño una actitud
de curiosidad intelectual, de interés por la
observación y por la explicación objetiva de los
fenómenos. En este aspecto, los juegos de experimentación (químicos, mecánicos, etc.) cumplen
una importantísima función al responder a las
preguntas que los niños se hacen sobre los
fenómenos de su entorno.
La lógica organizativa, desarrollada
durante esta etapa, tiene en los juegos de reglas un magnífico aliado.
Estos juegos sirven a diferentes objetivos:
La fijación del pensamiento
razonador, aprendiendo a clasificar, conservar y operar mentalmente,
a partir de ciertos criterios.
La transmisión cultural,
ya que los niños y niñas son capaces de recoger las tradiciones
que han ido pasando de generación en generación.
El establecimiento de redes sociales
entre iguales, creando relaciones de amistad y compañerismo
que aportan experiencias de aprendizaje para la convivencia.
Considerando
los aspectos evolutivos y psicopedagógicos de las edades que comprende,
las siete áreas de conocimiento establecidas en esta etapa son: el
conocimiento del medio natural, social y cultural; matemáticas; educación
artística; lengua castellana y literatura; lengua y literatura de
la propia Comunidad Autónoma; lenguas extranjeras; y educación
física. Para todas estas áreas, el uso del juguete (que, ahora
sí, podríamos denominar didáctico) puede ayudar a adquirir
unos conocimientos precisos, desarrollar unas actitudes adecuadas y lograr
la comprensión de los procedimientos de aprendizaje utilizados.
Asimismo,
hay una serie de temas transversales que deben impregnar la actividad educativa
en su conjunto. Estos temas, de especial relevancia para el desarrollo de
la sociedad en los últimos años, son la educación para
la paz, para la salud, para la igualdad de oportunidades de ambos sexos,
la educación ambiental, la educación sexual, la educación
del consumidor y la educación vial.
Como
ejemplo del uso de juguetes en esta etapa, Susana Aperribai
explica cómo se organiza una actividad lúdica en torno al
tema de la educación vial, relacionada con el área de conocimiento
del medio. Para ello, los niños realizan un recorrido con juguetes
en movimiento bicicletas, triciclos, coches y con señales de tráfico,
con lo que se consiguen los siguientes objetivos:
· Utilización autónoma
de medios de transporte.
· Análisis e interiorización
de la señalización vial.
· Respeto y cumplimiento de las normas y señales
de tráfico.
Esta es una de las múltiples actividades
que el educador puede organizar en el aula.
También podemos recordar la utilidad
de los juegos de mesa a la hora de fomentar el conocimiento de los padres
hacia sus hijos y vincularlo con el comportamiento/socialización
de éstos últimos en la escuela. A través de los juegos
de mesa compartidos con sus hijos, los progenitores podrán establecer,
por lo tanto, la necesaria comunicación con la escuela.
Conclusiones
Hoy en día es indiscutible el valor psicopedagógico
del juego en la infancia, ya que posibilita un armonioso crecimiento
del cuerpo, la inteligencia, la afectividad, la creatividad y la sociabilidad.
El juego desempeña una función clave en cuanto al desarrollo
de comportamientos sociales, concretamente, de la cooperación,
así como de aspectos de la personalidad como la perseverancia,
concentración, reflexión y autonomía.
El juguete es el instrumento a través del cual se realiza el
proceso del juego. Un buen juguete debe estimular la imaginación
para desencadenar los mecanismos del juego y enriquecer su escenario,
favoreciendo la interacción, asegurando la comunicación
y perfeccionando la actividad realizada.
Juego y aprendizaje son términos cercanos, ya que hay importantes
adquisiciones que se logran en la infancia a través de situaciones
lúdicas.
A través del juego, el profesor puede analizar muchos aspectos
del niño, ya que ofrece una valiosísima información
sobre conocimientos tales como capacidades lingüísticas,
comprensión del medio social y natural, dominio de ciertas
destrezas, etc.
La Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE) da un
paso adelante en el uso del juguete como recurso educativo, aunque
queda aún mucho por hacer, especialmente en la etapa de Educación
Primaria.
Es necesario favorecer una "pedagogía lúdica",
que supone la creación de un clima en el aula caracterizado
por actividades que abran los caminos de la imaginación y estimulen
el pensamiento individual.
El aula es el lugar donde los niños/as tienen más posibilidades
de jugar con iguales, otros niños de la misma edad. Además,
en el colegio se puede enriquecer el juego.
Para el uso del juguete en el aula, el docente debe proporcionar espacios
acondicionados, tiempo para jugar y una selección de juguetes
y materiales que respondan a las necesidades, intereses, niveles de
conocimientos y destrezas, y ritmos de desarrollo de los niños
y niñas.